sábado, 15 de febrero de 2014

John Banville - El mar





Desde el principio quise ser otra persona. El mandato nosce te ipsum poseyó un regusto a ceniza en mi lengua desde la primera vez que un profesor me obligó a repetirlo después de él. Yo me conocía, demasiado bien, y no me gustaba lo que conocía. De nuevo, debo puntualizar. No es que lo que yo era me desagradara, me refiero al yo singular y esencial –aunque admito que incluso la idea de un ser esencial y singular es problemática-, sino ese amasijo de defectos, inclinaciones, ideas recibidas, tics de clase que  mi nacimiento y mi educación me habían otorgado como remedo de personalidad.